lunes, 6 de julio de 2009

Entre la apatía y la crisis*

Las recientes elecciones al Parlamento europeo celebradas a principios de junio constituyen el último baremo que se ha ofrecido al mundo para retratar la respuesta social de la Unión en una situación muy vulnerable ante la que algunos países han llegado a dar muestras de hastío. Por eso son muchos los que han quedado perplejos ante los resultados de estos comicios. Parece que han sido las fuerzas de derecha las que han salido reforzadas, y así, son muchos los analistas que han tratado de explicar por qué, ante la crisis global, gran parte del electorado ha premiado a los partidos que tienen una tendencia neoliberal.

Desinterés

En este pequeño bosquejo de la situación debe tenerse en cuenta el factor que de por sí atenúa la imagen de una derecha vencedora. Ningún análisis podría interpretar con seriedad el equilibrio de fuerzas que se ha configurado en la Unión Europea (UE) si no menciona antes la abstención que ha empañado la supuesta alegría de las formaciones que más escaños han conseguido.
Si la abstención, por ley, tuviera que estar representada y compitiera por escaños como cualquier otro partido, hoy nos encontraríamos con la mayor parte del Parlamento vacío. La proporción de potenciales electores que no quiso votar ese día es casi del 60%, la tasa más alta desde que se celebraron las primeras elecciones en 1979 –que por entonces fue del 40%.

La generalizada renuncia a votar en algunos países fue, de por sí, más que llamativa. En Finlandia y Lituania, por ejemplo, votaron menos del 21% del electorado, lo que contrasta con la alta participación en Luxemburgo o Bélgica, donde fue del 90% y 91% respectivamente. No mostraron tanto entusiasmo las principales naciones en las que reside gran parte del peso de la Unión Europea, dado que en Francia y Alemania la abstención alcanzó el 58%, en España el 55%, y en Holanda el 60% La excepción quizá es Italia, donde votó el 71% de la población.

No puede soslayarse el hecho de que los grandes partidos de tendencia liberal, a pesar de todo, han reunido la mayor parte de los sufragios emitidos. El Grupo del Partido Popular Europeo, que aglutina a las agrupaciones más conservadoras, ha obtenido 264 escaños de los 736 del Parlamento. Muy por detrás queda el Grupo Socialista Europeo, que alberga a los partidos de tendencia socialdemócrata y que se ha tenido que conformar con 103 diputados menos.

La derecha, en definitiva, ha ganado en los países en donde ya gobierna, es decir, en Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, Eslovenia, Francia, Holanda, Hungría, Italia, Letonia, Lituania, y Polonia. Los partidos que se identifican con el centro izquierda, sin embargo, han retrocedido en los países en donde tienen el poder, como en España, Reino Unido y Portugal. Pero las derrotas más significativas de la socialdemocracia han sido las del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y el Partido Socialista Francés (SP), que han tenido uno de los peores resultados de su historia.

Las propuestas de la derecha xenófoba, por otra parte, han ganado aceptación en naciones como Austria, Eslovaquia, Finlandia, Hungría, Italia y Reino Unido. En Holanda el avance ha sido bien visible con los cuatro escaños –de los 25 posibles– que ha conseguido el grupo Partido Libertad, cuando antes ni siquiera tenía representación en el Parlamento europeo. La formación política ha reunido en torno así el apoyo de sectores de población que han optado por el apoyo de medidas reaccionarias, como lo es el rechazo abierto a la inmigración.

El mismo caso puede encontrarse en Italia con la Lega Nord. La crisis de legitimidad y representación política que existe en el seno de la Unión Europea ha ocasionado una mayor predisposición hacia propuestas autoritarias y nacionalistas dado que parecen dar una respuesta más contundente y firme que la de los partidos tradicionales. Las posturas extremistas han canalizado con astucia el temor y la inquietud por el futuro, y han conseguido volcar el miedo hacia lo extranjero, que es utilizado de diana como si fuera poco menos que el origen de todos los males, y que de paso sirve de cortina de humo para desviar la atención de las verdaderas causas de la crisis.

Desprestigio socialdemócrata

Con las fuerzas de centro-derecha ha sucedido todo lo contrario. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en España, el Partido Democrático (PD) en Italia, el Partido Socialista (PS) en Francia o el Partido Laborista (PL) en Reino Unido han sido castigados con un descenso del respaldo popular, que refleja el descontento general con la falta de soluciones y propuestas que ha percibido la opinión pública en sus propios países.

Este malestar que ha podido verse también en otros países, como Austria, Dinamarca, Holanda, Hungría o Portugal, no asienta un ningún precedente. Se ha ido consolidando poco a poco, con partidos que desde sus iniciales se visten de progresismo pero que ejecutan la mismas iniciativas económicas y sociales de los grupos conservadores. Han asumido como propias las doctrinas liberales, han priorizado la desregulación de los mercados laborales o la privatización de los servicios públicos, y no han favorecido políticas fiscales progresivas o una redistribución de la riqueza que hayan podido contener las crecientes desigualdades sociales.

Uno de los ejemplos más evidentes puede verse en España, que presume de tener en el Gobierno a uno de los pocos partidos de postulado socialista de la Unión Europea. El PSOE, considerado de centro-izquierda, lleva a cabo las rebajas fiscales que haría en su lugar el Partido Popular (PP), de tendencia conservadora. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha rebajado el impuesto de sociedades, ha eliminado el de sociedades y el de sucesiones, y así ha convertido España en uno de los países con menor presión fiscal, y junto con Portugal, en la nación con menos gasto social de la UE de los 15, el grupo de países con los que comparte un desarrollo económico semejante.

Esto explica en parte la desmovilización de las bases electorales de los partidos socialdemócratas, que no terminan de trasladarse a los partidos de verdadera izquierda porque no han sabido alcanzar la suficiente proyección social. Su descalabro en las elecciones al Parlamento ha sido sorprendente, sobre todo si se tienen en cuenta las protestas sociales que cobraron auge desde finales de 2008 como contraofensiva a la crisis. Considerando que las poblaciones de la Unión Europea suelen caer en cierta apatía a la hora de reclamar sus derechos, este despertar prometía dar de sí.

La reacción popular fue tan enérgica por entonces, que hizo caer a los Gobiernos de Hungría, Islandia, Letonia y la República Checa en pocos meses. Pero las reivindicaciones que surgieron de improviso se deshicieron igual de rápido. Las últimas semanas previas a las elecciones se han caracterizado de nuevo por un aletargamiento social que ha podido comprobarse en los comicios europeos.

Ésa es otra de las consecuencias que han podido desprenderse de los resultados electorales de junio. La desidia para reivindicar alternativas creíbles es la misma que debilita una asistencia masiva a las urnas. La Unión Europea es para muchos un ente abstracto, con una clara predisposición neoliberal que puede verse en su normativa común y que ha tratado de sacralizarse en el proyecto de Tratado Constitucional rechazado en 2005 por los holandeses y franceses en referéndum. La falta de legitimidad era tan patente que trataron de sacar adelante un sucedáneo, el Tratado de Lisboa, el cual se aprobaría sólo por vía parlamentaria. La única excepción fue Irlanda, que por Constitución debía presentarlo al veredicto popular. La oposición irlandesa al texto abrió de nuevo una crisis institucional, que pretende resolverse ahora con una nueva consulta popular para finales de año.

La falta de entusiasmo por las elecciones de una Unión Europea que no acaba de despegar ha permitido, no obstante, abrir un resquicio a partidos de izquierda distintos de los habituales. De este modo se hace presente en el Parlamento el Partido Pirata, una organización que aboga por la cultura libre de patentes y libre de monopolios privados, y que ha conseguido un escaño con el apoyo de los suecos. Otra fuerza que ha logrado un diputado proviene de Dinamarca, y se llama nada menos que “Movimiento popular contra la Unión Europea”. La mayor apuesta por la entrada de partidos de izquierda anticapitalista se ha dado, sin embargo, en Portugal, donde el Bloco de Esquerda ha conseguido hacer suyos tres escaños.

Pero no puede concluirse, a través de estos datos, que la izquierda haya salido victoriosa. Son muchísimos los pequeños partidos que se han quedado por el camino, y en todo caso, el desplazamiento de los votos hacia los extremos se ha producido sobre todo hacia la derecha. Si algo se ha demostrado con estas elecciones es que la caída de la socialdemocracia no abre de forma automática un mayor espacio para alternativas progresistas, al igual que la resistencia social de hace unos meses, espoleada por el desempleo o la falta de poder adquisitivo, no ha desembocado en una presión continuada que haya puesto realmente en aprietos el armazón ideológico que predomina.

Las elecciones de la Unión Europea han confirmado, en suma, una desconfianza en sus instituciones que ya viene de lejos. El descrédito de la izquierda tradicional ha redundado en beneficio de una derecha que ha otorgado mayor libertad de movimiento no sólo a los partidos neoliberales, sino a los que apuestan por medidas aún más radicales. Pero no hay que olvidar que parte de su éxito se basa en la falta de participación, que ha perjudicado a la izquierda y ha dado alas a los partidos de signo contrario. Y si estas elecciones quieren verse como un espejo de las que tendrían lugar en cada país, lo que queda claro es que la mayoría de los ciudadanos recelan de una estructura política que no ofrece garantías de un futuro mejor. La manera de manifestarlo en esta ocasión ha sido la abstención, aunque no queda tan lejos aquel periodo en el que los países europeos fueron capaces de levantar grandes movimientos de resistencia contra un sistema que ha desmitificado la idea de un Estado de bienestar imperecedero.


*Artículo escrito para la revista argentina Acción

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