jueves, 30 de abril de 2009

Primeras horas en Argentina


Buenos Aires habla. Se expresa a través de pintadas en sus paredes o en el suelo, apuntando con sorna desde al alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, hasta a los bancos como el de Santander. Estamos en otoño, pero una temperatura media de 27 grados vuelve fatigoso cualquier paseo prolongado, cualquier descanso al sol. El cielo se abre discreto entre grandes edificios y amplias avenidas salpicadas de árboles. El ajetreo en las calles se encarga de darle el resto de vida a la ciudad. Una existencia que apremia, que exige hacer de cualquier apetencia un oficio. Se ofrecen cafés en carritos ambulantes, los quioscos venden cualquier pedazo de lectura que pueda resultar de interés al viandante, y muchos de los que forman parte del gentío son paseadores de perros, o vendedores de cosas insólitas que sólo deben llamar la atención, y provocar, aunque sea, cierto deseo superfluo. No siempre es tanto la apetencia como la pena la que empuja a comprar.

El favor está dispuesto a ofrecerse en cada esquina, como también la conversación casual. Pero no todo es amigable. En un locutorio, tuvo lugar una pelea que hubiera sido llevada hasta las máximas consecuencias. Se acercó al mostrador una mujer peruana para pagar. “13 pesos (3 euros)”, contestó el chico de la caja. La señora le anunció sin muchos rodeos que no pensaba pagar semejante cifra. Ella quería llamar a un fijo y no costaba tanto. “Sí, señora”, respondió el joven. “Pero ud. ha llamado a un celular, y son 13 pesos”. La mujer se encrispó. “Yo he dicho que iba a llamar a un fijo, así que era su obligación avisarme”. Se enzarzaron en una discusión que el chico atajó en un momento dado: “O paga, o llamo a un agente”. La mujer se plantó delante de él, con los brazos cruzados. “Pues llame, que no me voy. Pero tampoco pago”.

El policía llegó en un suspiro. Una vez explicada la situación, el gendarme se aproximó a la señora. “Ud. paga”. “Ya le digo yo que no”, le desafiaba ella. El hombre se puso nervioso y se encaró con la mujer: “O paga, o nos vamos a comisaría”. La mujer ya habría podido perder todo un día con esa gestión, que le merecía mucho más la pena que aceptar el consumo de su llamada. “Pues nos vamos a comisaría”, dijo ella, “porque es indignante cómo nos tratan en este país. Vengan uds. al nuestro, a ver si pasaría eso”. Y mientras se disponía a elaborar un soliloquio sobre el racismo que podría haber pasado a la historia, el policía se acercó aún más a ella levantando la voz. La mujer, ante ese oficial amenazante, gritó aún más alto. El oficial perdió los nervios. “¡¡Que se calle!!”, le espetó, dando un paso hacia adelante. La mujer, ante la violación de su espacio vital, optó por dar a su vez uno atrás, pero con alarido de por medio: “¡¡Que no me grite ud!!”, chilló. Y como acto de valor empujó al oficial, que no dejaba de arrinconarla. El policía dejó de ser policía y se convirtió en un animal rabioso: “¡¡¡No se atreva a tocarme!!!”, fue su grito enloquecido.

Hubieran acabado a golpes, como mínimo. Pero en ese momento intercedió un hombre que anunció que él pagaría la deuda en disputa. Puso los 13 pesos a disposición del dependiente y sin torcer el gesto se dirigió a ambos, metiéndose en medio y empujando afectuosamente a la señora a la puerta. La mujer, ante aquel gesto ajeno, olvidó la indignación de un pago injusto que sólo reclamaba para ella, y salió todavía rezongando sobre Argentina y el trato que de sus habitantes se podía esperar. Pero la última en hablar no fue ella. El policía miraba cómo se alejaba, comentando: “Si es que además siempre son los mismos, siempre peruanos”. Y el chico de la caja todavía se disculpaba con los clientes: “De éstas, tenemos una por semana”. Y se encogía de hombros, como si fuera cosa inevitable enfrentarse a caraduras respondonas de vez en cuando.

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