sábado, 23 de mayo de 2009

Bancos

Buenos Aires es una ciudad risueña. Pero también tiene un carácter de aúpa. Cerca de la famosa calle Florida, donde los turistas que la recorren hacia el Oeste se las ven y se las desean para poder mirar a ambos lados sin quedar cegados por el Sol de media tarde, se sitúa uno tras otro gran parte de los bancos de la ciudad. Imagino que la calle Sarmiento, que cruza Florida, y las que a ella desembocan, quedan todavía hoy con el reposo de la furia y la frustración de miles y miles de argentinos que 2001 se acercaban primero a averiguar qué pasaba con su dinero, y después a desahogar su rabia por un corralito que les hizo pagar una situación de la que no eran responsables.

Allí es donde voy a cambiar euros de vez en cuando, y la verdad es que no recuerdo ningún día en que las calles no hayan estado bautizadas con centenares de proclamas, en que no se hayan escuchado los tambores de una muchedumbre unida en torno a un gran cartel en el que denuncian alguna que otra maldad bancaria. Son los ecos de la crisis de hace ocho años.

Los bancos están acostumbrados, que es lo peor. Cuando perciben que a lo lejos se acerca la protesta, algunos colocan en la puerta a un hombretón como si de una discoteca se tratara, y hasta que no pasa la manifestación no dejan entrar a nadie. Medida, por lo demás, más preventiva que otra cosa, porque la gente se limita a ocupar todo el ancho de la calle de forma muy pacífica. Algunos lanzan petardazos y todos cantan consignas levantando el brazo derecho y sacudiéndolo al ritmo de la música de tambores y bombos, de la misma manera que como he visto hacer en los partidos de fútbol. No hay violencia, no hay agresividad. Una vez pasan, queda como testigo un reguero de papelitos por el suelo, y el rumor de sus voces que se pierden en la lejanía.


Hoy he pasado de nuevo por allí y he entrado en uno de los bancos justo antes de que el gorila correspondiente cerrara con pestillo la puerta. Se quedó a cierta distancia de ella, con los brazos cruzados y meneando la cabeza cada vez que alguien desde fuera intentaba ingresar. Ante la negativa, algunos miraban de reojo la manifestación que trascurría tras sus espaldas, y se decidían a esperar delante del banco. Otros insistían en mantener una conversación con el tipo, el cual se limitaba a responder señalando con un pesado movimiento de la mano las pancartas de protesta que de a poco iban pasando por delante del local. No importa que los potenciales clientes insistieran en comunicarse a través de aquel simbólico bozal que era la puerta. Él dejaba perder la mirada por encima de sus cabezas, y asunto arreglado.


Hoy había no una, sino dos manifestaciones. Una de la Asociación Bancaria y otra de los empleados del Banco de la Ciudad, quienes denunciaban a voz en grito los planes de tercerización de su empresa que preveían el despido de muchos de ellos. Las dos discurrían por calles distintas que se cruzaban en la esquina en donde yo estaba, pero la primera de las marchas pasó con una diferencia de diez minutos con respecto a la otra. El banco en donde yo me encontraba estuvo cerrado todo ese tiempo.

Dentro de él, por cierto, había tres empleados que de vez en cuando levantaban la vista para observar a la gente de la manifestación que cantaba y gritaba afuera al ritmo de verdaderas batucadas. Si no fuera por el carácter de protesta y de objeción de aquellos que un día más habían tomado las calles para expresar sus reivindicaciones, con gusto uno podía ponerse a bailar, o al menos a improvisar un par de pasos como gesto de complicidad hacia ellos.


Dado el carácter espontáneo de esta ciudad, le pregunté sin ningún rubor al empleado que me atendió si él no se unía a las marchas. Él me miró sonriendo. Tenía más o menos mi edad, pero hasta aquel momento me había parecido mucho mayor, con aquel traje gris que más que elegante le hacía triste, y con aquellos ojos opacos que apenas fueron capaz de desprender cierta curiosidad por el ruido de afuera. “Es que esto no es un banco”, me dijo muy amable. “Pero si no con gusto iba”.


Salí de las oficinas pensando en lo que me había dicho. Ya fuera me giré de nuevo para ver dónde me había metido exactamente. “Banco”, se podía leer arriba. Me encogí de hombros. Cada uno se engaña como puede. Muy difícil, al parecer, no es.

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