viernes, 29 de mayo de 2009

Nápoles

Ayer estuve en Nápoles. No tuve que salir de Buenos Aires.

Tiene lugar en estos días el XI Festival Internacional De Derechos Humanos. Las películas y documentales que se proyectarán han sido divididos por secciones tan diversas como Ambiente, Género, Migrantes, Memoria o Cárceles, y además tienen una llamada Ventana Napoli. Ayer se inauguraba con la emisión de dos documentales en el centro cultural italiano Dante Alighieri. El primero de ellos, llamado Mani di Pelle, se adentraba en las fábricas de una familia que desde hace generaciones se dedica a la creación de guantes de piel desde el primer paso de todos, que es la preparación del cuero. Fue muy curioso observar la trascendencia que sus integrantes le concedían a lo que ellos mismos consideraban no un trabajo, sino una pasión. Había una mujer ya mayor, por ejemplo, que confeccionaba guantes desde los 14 años, y que a los 64 se integró de nuevo en el taller para seguir diseñando lo que ella valoraba como arte.

Así aprendí que desde los años 20 Nápoles se convirtió en la ciudad por excelencia especializada en la elaboración de guantes, de modo que en 1940 exportaba el 90% de todos los que se vendían en todo el mundo.


Inmersos ahora en una globalización que busca lo más rápido a precio de saldo, los guantes de Nápoles no son tan famosos como en antaño, pero la proyección de este documental me hizo pensar en todos los trabajos locales que se llevan a cabo en lugares remotos y que mantienen una tradición cargada de significado a costa de enfrentarse a una industrialización desbocada en la que predomina la producción a grande escala.

La segunda película que pude ver paseaba, sin más, por distintos lugares de Nàpoles y de sus alrededores. Más que con las imágenes de un Vesubio que da la espalda a la ciudad, o de ciertas calles intrincadas que quién sabe adónde llevan, salí colmada con muchos nombres que hablan de una historia que apenas he atrapado con los dedos. Se me quedó grabada, por ejemplo, la existencia del Cementerio del Pueblo con sus 366 fosas, una por cada día de un año bisiesto. Si en un día se morían 10 personas, las enterraban todas juntas en la fosa correspondiente. Apasionante historia, ¿cierto?

Pero la parte que más ternura me provocó de este documental, llamado Queste cose visibili, fue un hombre mayor que salía al principio hablando precisamente de los cementerios. Tenía los ojos acuosos y explicaba con una voz rota por la emoción que en otro de los cementerios de Nápoles, en el Santa Maria del Pianto, estaban enterrados entre otros muchos artistas, pensadores y patriotas –esto último no lo entendí: de profesión ¿patriota?– el actor y poeta Antonio de Curtis, también conocido como Totò. Al parecer hay allí un monumento con una estatua que representa a este cómico tan famoso en Italia, y el hombre del documental decía risueño que era imposible pasar por ahí y no reírse.

El hombre también contaba a la cámara, antes de dar improvisadamente unas recetas de cocina para preparar no sé qué pasta con mejillones, que existía hace años una política por la cual los pobres podían enterrar a sus difuntos de forma gratuita. Y entonces contaba la anécdota de una familia que se acercó al cementerio para enterarse de los preliminares. Y preguntaban: ¿Cómo se prepara lo de la lápida? Y el encargado les respondía: “No se preocupen, que de eso nos encargamos nosotros”. “Pero, ¿y las flores?” seguían preguntando. “No tengan problema, que todo eso lo haremos nosotros”. Los familiares no acababan de convencerse. “Pero necesitaremos un coche para transportarlo. ¿Cómo lo hacemos?” Y el responsable acababa aproximándose a ellos para ponerles una mano en el hombro: “No tienen de qué preocuparse. Nosotros no ocupamos de todo. Ustedes sólo tienen que encargarse de llorar”.

Y el señor entrañable que contaba esto en el documental repetía con una risa nostálgica, como si se lo hubieran dicho a él: “Y eso decían: nosotros nos ocupamos de todo. Ustedes sólo tienen que encargarse de llorar”.


Recogì al vuelo, mientras duraba la película, y después en el coloquio improvisado que se formó, muchos nombres asociados a Nápoles y que requieren un conocimiento más profundo para hablar de ellos: Lombardi, los calcídicos, Plinio El Viejo, Murat, Herculano y Pompeya, el Príncipe San Severo –de él puedo decir rápidamente que es como el coco español–, la virgen de la Pudizia, el Cristo Velado, y tantos otros que no me dio tiempo a escribir.

Finalizo con una indicación del director de la primera película, que estaba presente y que explicó que Nápoles era el compendio de lo que se veía y lo que permanecía oculto. Puso un ejemplo muy simpático para ilustrarlo. “Ustedes. conocen quién es ese santo que hace el milagro de la Sangre en Nápoles?” Y la audiencia, orgullosa de mostrar su sabiduría: “San Gennaroooo”. “Estupendo”, prosiguió Antonio Caiafa. “Pero en Nápoles hay una santa que hace el milagro de la Sangre no dos veces al año, como San Gennaro, sino todos los martes. De esta santa, que trabaja mucho más que San Gennaro, y que además ayuda a las mujeres que quieren casarse, ¿saben el nombre?”. Una persona entre el público lo dijo, pero dado que era napolitano, podía haber guardado silencio para ayudar al director a crear el efecto de incertidumbre que buscaba. Explicó que era Santa Patricia, y que es una muestra de cómo Nápoles es ocultada bajo los esterotipos creados en parte por los medios de comunicación. Insistió en que dado que esta ciudad ha recibido durante su historia más de veinte influencias diversas, todavía presentes, sería muy arriesgado trazar con dos brochazos el sentido de una región de la que, como decía Borges de la Divina Comedia, no conseguiremos nunca explorarla en toda su entereza.


Yo esto todavía lo pongo en duda, pero ya llegará el tiempo de descubrirlo. Al menos este pequeño vistazo de la ciudad a través de sus documentales me ha permitido vislumbrar un universo de conocimiento que todavía se me escapa.

No habría esperado mejor manera de acercarme a Nápoles. O bueno, sí. Pero ésa ya es otra historia.

2 comentarios:

  1. Qué interesante! Sí que es una buena manera de conocer mundo. Y a través de tus relatos también nos haces partícipes a nosotros, tus lectores, de tu experiencia. Gracias por ello!

    ResponderEliminar
  2. stupida! es otra historia.

    ResponderEliminar