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sábado, 14 de febrero de 2009

Detrás de la noticia de Eluana*

El mundo ha quedado conmocionado con el caso de la italiana Eluana Englaro, la mujer de 38 años que después de 17 en coma pudo ser desconectada de la sonda que la mantenía con vida. El primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, se ha encargado de que así fuera, de que causara sensación. Peor aún: ciertos cambios de envergadura que pretende introducir en la política de su país han quedado ensombrecidos por este improvisado revuelo que hoy se presenta más conveniente que nunca.

Berlusconi aguantó hasta el pasado miércoles las palabras altisonantes del Estado del Vaticano y de algunos grupos católicos que calificaban de asesinato el simple acatamiento de la Constitución italiana. Ésta garantiza a cualquier persona el derecho a no someterse a determinado tratamiento médico, aunque su falta de aplicación conlleve la muerte.

No le pareció a il Cavaliere que fuera muy contundente lo que viene a ordenar la Carta Magna, que es per se la máxima garantía de un Estado de Derecho. Tuvo que acudir en su ayuda el Tribunal Supremo italiano a decir que sí, que podía ser suspendida la alimentación y la hidratación artificial de Eluana. Pero Berlusconi, por entonces, no decía nada. Hasta el miércoles.

En la noche de aquella jornada decidió poner a todos sobre aviso: su Gobierno estaba trabajando para intervenir. Este repentino interés tuvo su resultado dos días después, cuando el Consejo de Ministros aprobaba el decreto ley que pretendía impedir la muerte de Eluana. Pero ese dictamen precisaba la firma del presidente de la República, Giorgio Napolitano, quien ya había avisado previamente, por carta, que lo rechazaría.

¿Y por qué advirtió al Consejo con antelación, en vez de esperar a que le presentaran el decreto? Ese aparente enfrentamiento entre el primer ministro y el presidente de Italia acaparó el interés de toda la prensa. Eluana pasó a ser la noticia más relevante de esos días, la novedad en boca de todos, la garantía de una polémica asegurada que adquiría trances de tensión con la presentación de un proyecto de ley al Senado –que esta vez sí obtuvo la autorización de Napolitano para que lo tramitara el Parlamento–, o con la amenaza de Berlusconi de cambiar la Constitución italiana, a su juicio muy soviética.

Finalmente, Eluana murió. Todavía hoy resuenan los coletazos de una semana vertiginosa. Y gracias a esta controversia globalizada que Berlusconi no hizo otra cosa que alentar, se está gestando sin mucho alboroto una reforma judicial en Italia de grave calado: entre otras cosas, las sentencias no valdrán como prueba en todos los procesos, las escuchas se restringirán en los procesos judiciales, y los ministerios públicos se convertirán en “abogados de la acusación”, que como muy bien ha revelado el periodista italiano Marco Travaglio, dejarán de investigar sobre la culpabilidad o inocencia de un acusado para comenzar a instruir de forma acusatoria. Cuantas más condenas, mejor.

Dado que el ministro que promueve esta enmienda ya consiguió el año pasado la inmunidad para los cuatro cargos más altos del Estado –entre ellos el de Berlusconi–, era conveniente levantar una cortina de humo que en esta ocasión distraiga por un tiempo. Y a fe que lo han conseguido.


*Artículo escrito para el diario público El Telégrafo (Ecuador)

lunes, 9 de febrero de 2009

El emperador de Italia

La última palabra en Italia no la tiene el Tribunal Supremo, sino Berlusconi. El primer ministro italiano ha resquebrajado el Estado de derecho, es decir, un Estado sometido al derecho, con la consabida separación de poderes.

Acostumbrado a golpe de decreto a escabullirse de la justicia, ha decidido burlar la sentencia del Tribunal Supremo en el caso de Eluana Englaro, la mujer de 38 años que lleva 17 en estado vegetativo. El Tribunal autorizó la suspensión de la alimentación e hidratación artificial –ya efectiva desde este sábado– que hasta ahora la ha mantenido con vida, pero desde entonces Berlusconi ha emprendido una carrera contra reloj para evitarlo, y por ello ha puesto contra las cuerdas a todos los poderes del Estado.

Empezó con un decreto ley de urgencia que aprobó de forma unánime un Consejo de Ministros coaccionado, según algunos medios de comunicación italianos, puesto que Berlusconi amenazó con cesar a todos los que se abstuvieran. La máxima autoridad del Estado, el presidente Giorgio Napolitano, ya había advertido en una nota al Consejo que se negaría a firmar el decreto ley por considerarlo inconstitucional. “Según la Constitución, una actuación de urgencia no puede ser emitida en oposición a una sentencia judicial dictada”, alegó.

Berlusconi ha abierto entonces una segunda vía, que consiste en hacer que el Parlamento apruebe en un máximo de tres días una ley que “obligará a alimentar e hidratar a las personas que no puedan valerse por sí mismas”. De nuevo convocó al Consejo de Ministros, y así, a última hora del viernes, éste aprobaba el proyecto de ley. En esta ocasión, el jefe de Estado, Giorgio Napolitano, sí ha dado su autorización para que prosiga su trámite. El presidente del Senado, Renato Schifani, con el fin de agilizar el proceso, ya ha anticipado la reunión de la Cámara para este lunes.

El primer ministro, por lo pronto, no sólo ha sabido esquivar el rechazo de presidente Napolitano al decreto ley, sino que también ha arremetido contra la Constitución italiana, sobre la que, por cierto, ha jurado en tres ocasiones –en 1991, en 2001 y en 2008, cuando se celebraba su 60º aniversario. Como si fuera un motivo para despreciarla, en estos días ha vuelto a decir que los valores de la Constitución apuntan “hacia la Unión Soviética”.

El problema concreto que en realidad tiene Berlusconi con la Constitución proviene de que ésta garantice a cualquier persona la posibilidad de rechazar un tratamiento médico aunque su falta le pueda acarrear la muerte. No importa que el padre y algunos amigos de Eluana declaren que ella, antes del accidente que la dejó en coma, había manifestado varias veces que prefería morir a vivir conectada “a una máquina”. Berlusconi se ha dirigido al padre a través de la prensa para espetarle que a él no le supone ningún gasto económico mantenerla enchufada, y que en cualquier caso, todo lo hacen las monjas que la cuidan.

Así ha contestado el primer ministro a la sugerencia de Beppino Englaro, que había propuesto tanto a Berlusconi como a Giorgio Napolitano que visitaran y vieran cómo está su hija. Algo que ya expresó de forma diversa uno de los médicos de Eluana, que se mostró impresionado al encontrarse con una persona que no tiene nada que ver con las fotografías que continuamente salen en televisión y en los periódicos.

El Estado del Vaticano ha procurado servir de eco en toda esta situación, y ha mostrado con alboroto su apoyo al Gobierno italiano. Parece que queda en el olvido cómo el papa Juan Pablo II renunció a un nuevo ingreso hospitalario pocos días antes de morir, y cómo en su encíclica Evangelium Vitae rechaza los mecanismos que“ procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia”.

Se habla mucho de eutanasia a partir del caso Englara, de modo que Berlusconi acusó incluso al presidente Giorgio Napolitano de abrir el camino a la eutanasia en la carta que hizo llegar al Consejo de Ministros. Sería interesante incorporar un nuevo vocablo dentro de tanta discusión y comenzar a nombrar la palabra distanasia en el caso de Englaro, es decir, la aplicación de un tratamiento desproporcionado que prolonga la agonía del enfermo. Se llama también “encarnecimiento terapéutico”, pero será difícil de oír en los labios del que se ha impuesto como el último caudillo de Italia.

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