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viernes, 4 de diciembre de 2009

Engaños de la situación hondureña

El secretario general de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza, se ha encargado de tirar por tierra la exigua confianza que trató de granjearse su institución en la crisis de Honduras. Después de las elecciones ilegítimas del 29 de noviembre rechazadas por la inmensa mayoría de los países de América Latina – excepto Colombia, Perú, Costa Rica y Panamá-, Insulza no ha podido seguir más con el juego de la diplomacia que le permitía hasta ahora quedar bien con todo el mundo.

Se celebraron los comicios en Honduras con la oposición del presidente legítimo Manuel Zelaya y con una abstención que en los primeros días se anunció como espectacular –entre el 65 y 70%– y que ahora según el Tribunal Supremo Electoral se sitúa en menos del 40%. Zelaya no sabe ya cómo gritar que es un fraude más que se presenta ante la comunidad internacional con todos los ropajes de una legalidad de la que carece: “No se dejen engañar por este proceso de elecciones que deja libre al golpe de Estado”, dijo.

Y en este momento tan frágil, ha venido Insulza a ningunear la postura de la mayoría de sus miembros, que no reconocen las elecciones, para alinearse con Estados Unidos. Eso es al final lo importante. En vez de actuar como representante de una OEA en la que existe se entrada una discrepancia, el secretario general ha dicho que “el presidente electo de Honduras, Porfirio Lobo, está en la "mejor posición" para “reiniciar la restauración” de la democracia y “separarse” del golpe de Estado.

Luego se contradice a sí mismo y dice que la OEA no tiene un “veredicto definitivo” sobre los comicios porque no ha enviado observadores. Entonces, ¿cómo se permite el dar por válido el resultado? ¿Por qué no ha estallado un escándalo de aúpa por sus declaraciones?

Hay algo que no se debería perder de vista en todo este conflicto que se ha prolongado por casi medio año. Los medios en general ya ni lo comentan, sea por malicia o cansancio. Primero, que las elecciones eran parte del Acuerdo de Tegucigalpa/San José, firmado el 30 de octubre, por el que entre otras condiciones el Congreso debía restituir a Zelaya en el poder. Pero la Cámara votó en contra.

Exactamente, en el punto 5 de aquel pacto fallido se decía lo siguiente: “el Congreso Nacional, como una expresión institucional de la soberanía popular, en uso de sus facultades, en consulta con las instancias que considere pertinentes como la Corte Suprema de Justicia y conforme a ley, resuelva en lo procedente en respecto a retrotraer la titularidad del Poder Ejecutivo a su estado previo al 28 de junio hasta la conclusión del actual periodo gubernamental, el 27 de enero de 2010”.

Lo que hizo el Congreso es punible. “El Congreso Nacional no tiene ninguna facultad legal para suplantar la soberanía popular y destituir al presidente. Al contrario, esto es un acto tipificado como delito de alta traición a la patria, el cual es imprescriptible”, recordó Zelaya.

Pero no hay que olvidar una segunda parte. Este acuerdo al que Zelaya se rebajó convertía a los representantes de Micheletti en interlocutores válidos, como si no tuvieran legitimidad para estar en el Gobierno pero por arte de magia sí gozaran de ella para firmar un acuerdo. ¿Pero no era que no se podía negociar con los que perpetraban un Golpe de Estado porque era admitir una legalidad de la que carecen?

El secretario de la OEA, con Estados Unidos a la cabeza y con los acólitos latinoamericanos de faldón –entre los que no podían faltar los países de Álvaro Uribe y Alan García– se ha pasado estos dos aspectos por alto. Peor aún, Insulza ha dejado de disimular y ha mostrado por qué la OEA, con Estados Unidos dentro, no sirve para representar a una América Latina soberana. Siempre tendrá que dar explicaciones al supremo. El resto son cuestiones secundarias. Hasta los golpes de Estado.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Claudicación

No es fácil sobrellevar un derrocamiento y un exilio involuntario, pero el estar encerrado en una embajada de tu país por casi dos meses y sin poder salir, debe ser cuanto menos angustiante. No digamos si a ello se le une un golpe de Estado que, ya sea por omisión o inacción de la comunidad internacional, es legitimado cada día que pasa.

El presidente de Honduras, Manuel Zelaya, se ha cansado de que le tomen el pelo con tanto descaro. El sinfín de acuerdos y conversaciones, arreglos y desavenencias acabaron por agotarlo también a él. Renunció a lo más legítimo de su lucha, que era su convicción de no negociar en ningún caso con los golpistas.

El 30 de octubre se resignó a firmar el Acuerdo de Tegucigalpa-San José por el que renunciaba a convocar una Asamblea Constituyente que pudiera reformar la Carta Magna, y accedía a la creación de un Gobierno de Unidad y Reconciliación en el que podían ser incluidos los que hoy detentan el poder en su país.

Se terminó entonces el principio de “no hay trato con golpistas porque ello significaría legitimar la autoridad que han usurpado”. Acabó por ceder, después de una lucha diaria que está por cumplir su quinto mes, en cuanto rubricó con su firma el acuerdo. Y ha tardado una semana en arrepentirse.

Lo primero que hizo fue rechazar el pacto. Su decisión se justificaba en el incumplimiento del acuerdo por parte de la parte contraria (recordemos, el lado golpista que pasa a formar parte de un acuerdo con ínfulas de legalidad). Micheletti había formado el famoso Gobierno de unidad con sus acólitos, pero no con los de Zelaya.

¿Quién puede pretender que los pasaron embravecidos sobre un Gobierno legítimo se cuiden ahora en las formas y se pongan serios con un tratado de pacotilla? No respetaron la Constitución hondureña, ¿y se iban a sujetar a un papelillo, por mucho apoyo de la OEA que tuviera?

Qué ingenuidad. Pero qué derrota, también, la de un Zelaya que parecía dispuesto a todo salvo a la posibilidad de charlar con Micheletti como si de un homólogo se tratara. Al final se ha dado cuenta, pero ha necesitado que el Gobierno de facto transformara el convenio en un escarnio para el presidente legítimo hondureño.

Estados Unidos

Zelaya se dejó arrastrar por Estados Unidos, que lideró el proceso, y la OEA, que se ofreció como garante del acuerdo. Todos se animaron con la idea de que la crisis terminara. Así fuera a toda costa, así fuera convirtiendo en interlocutor válido a la delegación representante de Micheletti.

El presidente hondureño se dio cuenta de la trampa, pero tarde. Por primera vez desde el golpe de Estado se ha permitido el lujo de enfilar sin miedo al presidente Barack Obama, y él, pequeño dirigente de un país aún más minúsculo, ha proclamado contra el todopoderoso la decepción que sólo ahora le ha estallado entre las manos: “Estados Unidos ha dejado de ser el futuro para ser el pasado nuevamente, el de los golpes de Estado, de las elecciones impuestas, de los fraudes electorales”, dijo.

Porque la virtud de Zelaya, que fue la de resistir en un comienzo, se transformó sutilmente en lo que luego sería su gran fallo: la espera. La espera de que Estados Unidos se decidiese a no encubrir el golpe, que se hubiera desplomado en 24 horas si el coloso norteamericano hubiera congelado las cuentas bancarias del Gobierno de facto o si hubiera bloqueado las remesas de los migrantes hondureños, como bien señaló Atilio Borón. Sin dinero, el Ejecutivo se hubiera caído como un castillo de naipes.

Zelaya lo sabía, pero aguantó. Se creyó los guiños de complicidad que venían del vecino de arriba. Trató de convertir a Estados Unidos en su principal aliado, lo eligió como preferido frente a la OEA o a la ONU, se confió a él más que a los países de América Latina, y perdió.

Todavía hoy, en un gesto instintivo, escribe cartas al presidente Obama para explicarle el por qué de su rechazo al acuerdo. Si en vez de perderse en tácticas dilatorias Zelaya hubiera apuntado bien alto, se hubiera atrevido a volcar el apoyo internacional en una presión constante hacia Estados Unidos. Y ahí podríamos haber visto el resultado de una resistencia que, sin embargo, ha terminado por perder sus ropajes en el camino.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Entrevista a Atilio Borón: "El colonialismo es una cosa monstruosa"*

Hace apenas dos meses que fue publicado Crisis civilizatoria y agonía del capitalismo, el último libro del sociólogo argentino Atilio Borón que tuvo como inspiración nada menos que una larga charla mantenida con Fidel Castro. Así es Borón, uno de los investigadores más reconocidos de América Latina, que a lo largo de su vida ha podido acercarse a las personalidades que han hecho y siguen haciendo historia. En la entrevista que sigue, el además director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia de Ciencias Sociales (PLED) desgrana aspectos no tan conocidos del particular momento que vive el continente ante el golpe de Estado de Honduras.

—¿Qué papel representa Brasil ante la crisis de Honduras?—

Brasil ha cambiado de postura. Por algo Zelaya se ha refugiado en la embajada brasileña. Siempre fue un país sumamente cauteloso y su presencia dentro de América Latina nunca llegó a ser demasiado descollante, debido a que primaba la idea de que era diferente. Pero últimamente ha recibido algunos bofetones que lo han hecho espabilar un poco.

—¿Cuáles?—

De entrada, que Estados Unidos activa la cuarta flota, que llevaba 50 años durmiendo, a las pocas semanas de que Brasil anuncie que tiene enormes yacimientos de petróleo en alta mar, fuera de San Pablo. Brasil se dio cuenta de que la orientación que le imprimió a su política exterior era equivocada. En marzo de 2007 Lula firmó con Bush un acuerdo especial de cooperación en producción de biocombustibles. Brasil se confió mucho en eso, y sin embargo los norteamericanos ya habían mandado señales que la cancillería brasileña no entendió.

—¿A qué se refiere?—

Brasil ya había recibido indicios que no decodificaron adecuadamente. Por ejemplo, cuando Estados Unidos adquirió los derechos para movilizar sus tropas en la base paraguaya de Mariscal Estigarribia, que está sobre el Chaco paraguayo, cerca de la frontera con Bolivia. Y también se quedó dormido cuando un tiempo antes Paraguay había consentido instalar una base de operaciones de la DEA (la Agencia Antidrogas de Estados Unidos), que en realidad es una base militar disfrazada, lo cual suponía una clara amenaza. Estaba a 100 metros de la frontera brasileña.

—¿Por qué entonces crear una alianza con Estados Unidos?—

Brasil se distrajo porque habían apostado a que Estados Unidos facilitaría su ingreso al Consejo de Seguridad de la ONU con un puesto permanente. Eso les hizo tragar el anzuelo, y de repente se dieron cuenta de que la cuestión no era así.

—¿Qué hizo despertar a Brasil?—

El mazazo final han sido las siete bases que se instalarán en Colombia. Ahí Brasil se da cuenta de que, sin haberse percatado de nada, tiene dos bases militares al sur de Brasil, siete en el Norte, y para colmo de males en las últimas semanas Sarkozy está negociando con Obama la concesión de la base que tienen los franceses en Cayena, en la Guayana francesa. Brasil queda totalmente rodeado.

—¿Qué intereses se esconden detrás?—

La proyección de la influencia militar norteamericana se explica porque sus estrategas consideran la Amazonía un territorio de acceso universal. Jamás lo van a decir así públicamente, pero yo he visto los textos y los manuales de estudio de los militares norteamericanos, en donde aparece la Amazonía pintada de un color diferente al resto de Brasil.

—¿Qué significa el activismo brasileño con Honduras?

Es un modo de reposicionarse, de tratar de controlar la influencia norteamericana, de evitar que se instauren gobiernos títeres de Estados Unidos en América Latina porque son ahora vistos como una amenaza a la seguridad nacional. En buena hora ha sucedido, pero se despertaron un poco tarde.

—¿Hay de fondo una competencia entre Brasil y Estados Unidos?—

No creo, porque Brasil siempre ha sido sumamente conservador. Brasil no es un foco de propagación de propuestas progresistas y de izquierdas sino un foco de moderación en el contexto de la adopción de un modelo económico sumamente ortodoxo y neoliberal.

Honduras

—¿A quién sorprendió que Zelaya llegara de repente al país?—

No me cabe ninguna duda de que a la OEA (Organización de Estados Americanos). A quien no le toma por sorpresa es a Lula, aunque lo ha negado porque era lo último que podía decir ante la comunidad internacional. Probablemente Brasil habría informado a Obama un rato antes de que Zelaya llegara a la embajada brasileña.

—¿Por qué iban a avisar al presidente estadounidense?—

Porque Lula no quiere indisponerse con Estados Unidos, y hubiera sido un gesto feo que Obama se enterara por los diarios.

—¿A Estados Unidos hay que darle explicaciones y al resto de los países de América Latina no?—

Sí. Somos colonias desde hace cinco siglos.

—¿No estábamos en un proceso de independencia?—

Acá hemos cambiado de amos. Se han ido los españoles y portugueses y han venido ellos. Estamos muy sometidos a la influencia, al predominio y a la dominación norteamericana. Lo peor de todo es que la dominación la tenemos internamente. El colonialismo mental es una cosa monstruosa.

—¿Y en qué queda el papel de la ONU ante el golpe de Estado hondureño?—

No tiene ningún papel relevante en la política mundial, como tampoco en América Latina.

—¿Ni siquiera la Asamblea General?—

Ellos emiten buenas declaraciones que firmamos todos. La hegemonía norteamericana ha sido tan fuerte, sobre todo después del derrumbe de la Unión Soviética, que la ONU se ha transformado en un organismo retórico discursivo. Nada más, no tiene ninguna capacidad efectiva de intervención.

—¿Estados Unidos está ayudando a que se resuelva la crisis en Honduras?—

Hasta ahora no. Estados Unidos podía haber ayudado de una manera decisiva. Obama se queja: “Ustedes no querían que interviniera antes y ahora quieren que lo haga”. Está equivocado. Estados Unidos ha intervenido permanentemente en Honduras. Desde 1903 hay una intromisión muy fuerte de carácter militar. Y la influencia venía desde antes. En la década de los ‘80 hubo una restructuración integral del Estado y las Fuerzas Armadas hondureñas bajo la directa vigilancia de Estados Unidos. Allí tenía un embajador sumamente poderoso, que era John Negroponte, que fue quien organizó el Ejército, el que armó las bases en Palmerola, y el que organizó también los grupos de choque y de tareas –los paramilitares que mataron a tanta gente. Honduras tiene el ejército más completamente dominado por el Comando Sur de toda América Latina.

—¿Entonces qué podría hacer Estados Unidos?—

Que deje de intervenir de una vez. Que saque a su embajador de Honduras y deje Honduras en la más absoluta soledad. Que amenace con bloquear los fondos de los hondureños residentes en Estados Unidos, los que mandan remesas a Honduras. Y que congele las cuentas de algunos capitostes de Honduras hasta que no se aclare la situación. Así el régimen se caería en 24 horas.

—¿Por qué Obama no lo hace?—

Porque no controla el aparato estatal de Estados Unidos. Tanto es así que cuando él decide que se paren los juicios a los detenidos en Guantánamo, estos no le prestan atención y siguen con los juicios. Obama no controla ni al Pentágono –cuyo Secretario de Defensa viene de la época de Bush–, y mucho menos a su acérrima enemiga, hasta la resolución de las elecciones internas, que es Hillary Clinton. Es más: algunos mal pensados dicen que a Hillary le conviene el deterioro de Obama porque ella sería la candidata demócrata en caso de que este hombre acabara mal sus días. Podría tener un buen peso.

—¿Zelaya debería aceptar el Acuerdo de San José propuesto desde un inicio por el presidente costarricense, Óscar Arias?—

Tal y como están las cosas, hoy no tiene mucho sentido. Se ha modificado mucho la situación. Con el ingreso de Zelaya a Honduras lo que hay que hacer es que la OEA termine de dar el empujón final para que caiga Micheletti, se restituya a Zelaya en el cargo, y a partir de ahí se reorganice el organigrama electoral.

—¿Qué salidas contempla?—

Espero que se reinstaure a Zelaya en la presidencia, porque es el único presidente legítimo que tiene ese país. Y a partir de ahí creo que tendría que haber una discusión sobre la reforma constitucional. Habría que discutir el castigo a los culpables del movimiento sedicioso, porque si salen impunes, dentro de tres meses tenemos otro golpe. Y por último, tendrían que postergarse las elecciones y dar más atención a lo que se viene, que es la conformación de un amplio movimiento social y político de apoyo a Zelaya, en un país donde eso, antes, no existía.

* Entrevista para la revista argentina Zoom

martes, 14 de julio de 2009

Golpe financiado

Si el documento que aquí se muestra es verídico, podría confirmarse que la Cámara de Comercio e Industria de Tegucigalpa solicitó apoyo económico a todos sus miembros para "llevar a cabo una estrategia comunicacional y cívica". Cómo debería desarrollarse este llamado, no acaba de explicarse. Pero sí se explican sus motivaciones.

De acuerdo con el folleto, "éste es el momento de defender nuestro país y el resultado del esfuerzo personal de cada uno de nosotros que genera empleo para sus colaboradores, por lo que acudimos al más alto ideal patriótico: su amor por Honduras".

Además de estar rematadamente mal escrito, el texto establece tres tipos de donaciones. Los empresarios están invitados a pagar 1.000, 2.000 ó 3.000 dólares dependiendo de si uno es patriótico, muy patriótico o bien se le desborda su amor por Honduras. El documento, fechado el 26 de junio --dos días antes del golpe de Estado-- facilita la persona a contactar, teléfonos, direcciones, y además el número de una cuenta bancaria.

Como bien me señalaba un amigo, los hay quienes han interpretado esta circular como un pedido de ayuda de los empresarios para salvar al presidente electo Zelaya. Un periódico mexicano entendió que la Cámara de Comercio lo que hacía era organizarse contra el Gobierno de facto, y que las empresas privadas recolectaban dinero para "respaldar la defensa de la democracia y de las libertades sociales". Enternecidos con la decisión de las compañías, el diario El Sol de San Luis no dudaba en patrocinarles con un esplendoroso título --"Iniciativa Privada hondureña se organiza contra golpistas"--, y en hacerles además publicidad gratuita de los modos de pago que se señalan en la misiva de la alta instancia empresarial.

Ésta no sería la única campaña en la que está apasionadamente involucrada la Cámara de Comercio e Industria hondureña. Tanto en su página web como en su perfil de Facebook puede leerse cómo animan a sus afiliados a participar en las manifestaciones contra Zelaya, aunque en realidad procuran no indicarlo de manera tan burda. Es mejor quedar elegantes y decir: "Convocatoria a plantón por la defensa de la democracia". Eso sí. No deja de sugerirse la participación de las empresas "con todo su personal".

No hay más que ver qué les mueve, cuál es la consigna que les inspira: "Más de un siglo impulsando la libre empresa". De ser comprobado la autenticidad de este impreso filtrado en Internet, quedaría muy claro el patrón que utilizan para promover tan altos y patrióticos fines.

jueves, 9 de julio de 2009

"El acuerdo pasa por el regreso del presidente"*

Es una de las personas más cercanas al presidente Manuel Zelaya. Hasta el 28 de junio era su secretario privado. Desde Honduras habla del temor que rodea a quienes se oponen al golpe de Estado y también de las posibles vías para solucionar el conflicto.

¿Zelaya ha admitido el adelanto de las elecciones como posible solución?

No lo ha dicho todavía. Ha aceptado la mediación que ha ofrecido el presidente costarricense Óscar Arias. Eso ha generado mucha expectativa y se verá si hay posibilidades de llegar a algún tipo de acuerdo.

¿Por qué a través de Costa Rica?

Se busca un punto neutro. El régimen de Micheletti, que tiene un pavor tremendo a las ideas progresistas, nos ha hecho volver a época de la Guerra Fría. Arias es alguien respetado y es un ciudadano centroamericano que está dentro del sistema de integración regional.

¿Es posible que la clave esté en el adelanto de los comicios?

La Constitución fija la fecha de las elecciones en el último domingo de noviembre. Tendría que revisar si han hecho alguna reforma al respecto. Se puede encontrar una ruta siempre que el presidente vuelva al poder y siempre que se pueda conciliar al país.

¿Contemplan una amnistía al Gobierno de facto?

No sé si el presidente podría proponer un indulto. Habría que ver. No me atrevo a avanzar ninguna propuesta porque esto surgirá dentro del proceso de negociación.

¿Cómo está la situación en Honduras?

Es bastante insegura porque no se ha establecido ningún tipo de garantías. El golpe lo apoyó hasta el Comisionado de Derechos Humanos a través de su defensor del pueblo, Ramón Custodio, que fue reelegido por Micheletti en 2008 a través del Congreso.

Como miembro del Gobierno de Zelaya, ¿se siente en peligro?

No nos movemos con libertad ni en público, pero el mayor miedo lo tiene la población civil por las dos personas que mataron el pasado domingo.

¿Siguen cerrados los medios de comunicación contrarios al golpe?

Algunos vuelven a funcionar, pero se percibe el miedo. Periodistas que normalmente han sido críticos de cualquier situación anómala en el país están siendo ahora muy comedidos. Casi nadie habla de un golpe de Estado. Se respira una manipulación típica del estalinismo o del nazismo que yo, que tengo 40 años, no esperaba vivir.


* Entrevista publicada en el diario español Público

miércoles, 8 de julio de 2009

Entrevista a Eduardo Enrique Reina

Próximamente será publicada una entrevista inédita realizada a Eduardo Enrique Reina, secretario privado del presidente legítimo de Honduras Manuel Zelaya.

Contacto telefónico realizado el 8 de julio de 2009.



El secretario privado del
presidente Zelaya, a la izquierda.

lunes, 29 de junio de 2009

Lo que ocultan de Zelaya

Releo el artículo de El País en el que explica que Zelaya pretendía reformar la Constitución para prolongar su mandato cuatro años más. Luego acudí a la entrevista que realizara el mismo diario al presidente, y en donde el dirigente insistía en que no tenía ninguna intención de perpetuarse en el poder.

La razón es simple: su mandato termina en enero de 2010, y para entonces no estaría preparada ninguna modificación o nueva creación de una nueva Constitución. Sólo hubiera dado tiempo a consultar a la población para crear una Asamblea Nacional Constituyente. En cualquier caso, Manuel Zelaya lo ha dicho varias veces, incluso en El País: "No tengo ninguna opción de quedarme en el poder. La única sería romper el orden constitucional y no lo voy a hacer".

Pero el diario decide hacer de su capa un sayo y argumenta, ocultando las explicaciones que les diera Zelaya en una entrevista exclusiva, que el presidente hondureño quiere perpetuarse en el poder. Lo que viene a decir: este golpe de Estado no ha hecho más que quitar a un autoritario que pretendía apoltronarse en el Gobierno. Que si se mira bien, la destitución de Zelaya era entendible dada su injustificable consulta popular.

Zelaya proviene del Partido Liberal, el mismo que ayer promovió su destitución, el mismo que intentó detener la consulta popular, el mismo que intentó inhabilitarlo, el mismo que declaró a su presidente transtornado, y el mismo que se apoyó en el Ejército para tirarlo abajo. Ésta última jugada les salió bien.

A ver, a ver cuándo empezamos a leer en los medios que el problema con Zelaya no es que quiera modificar la Constitución para ser reelegido, sino que ha decidido prescindir de la política neoliberal "porque los ricos no ceden un penique" y ha confiado en el ALBA, impulsada por Venezuela, para impulsar una serie de programas sociales en un país que tiene casi la mitad de su población en la pobreza extrema (la población total suma más de siete millones).

A ver. Seguimos atentos.

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