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viernes, 27 de noviembre de 2020

Argentina llora la muerte de Maradona, un dios mundano convertido en leyenda

 

Era un dios mortal, con errores, como todos. Así es descrito Diego Armando Maradona por uno de los miles de argentinos que este jueves madrugó para despedir al exjugador en la Casa Rosada, la sede del Gobierno argentino. "Era humano, por eso se murió. Ahora pasa a ser un dios de verdad. Pasa a ser leyenda".



Heber Fuente Alba, que así define al exjugador, fue uno de los primeros ciudadanos en acercarse al centro de la capital argentina para despedirse del astro argentino, fallecido el miércoles a los 60 años de edad. Durante hora y media este argentino aguardó junto a su compañero Luis Zapata para desfilar apenas unos segundos frente al féretro que albergaba la capilla ardiente, instalada en el vestíbulo del palacio gubernamental.


"Los argentinos de chiquitos no queremos ser ni Súperman ni Batman ni nadie, queremos ser Maradona", afirma Heber en diálogo con Sputnik. Señala a su alrededor. "Esto no se ha visto en ninguna parte del mundo, esto es irrepetible, no vuelve a pasar con nadie. Es el más grande que dio el fútbol". Su compañero añade: "Es el más grande de todos los tiempos".

Diego Armando Maradona es venerado en Argentina no solo por haber alegrado a generaciones enteras con su técnica y con su inspiración. "Su personalidad era original, era de no guardarse nada, iba contra los poderosos, y eso lo hizo especial para la gente", describe Heber. "El pueblo vino porque era el abanderado de los humildes y defendía a los más afligidos".

Fueron numerosas las familias que se acercaron con sus hijos para despedir a Maradona. Se aproximaban con sus Diegos, niños que se aferraban a la mano de sus progenitores.



También hubo quienes prefirieron dar su último adiós en solitario. Uno de ellos era Hugo, un vecino del barrio humilde de Villa Fiorito, en la provincia de Buenos Aires (este), donde nació y se crió Maradona. "Era un mágico con la pelota desde chico, un ser que no podía creerlo. Yo que jugaba con él lo miraba y ya era distinto", rememora en conversación con esta agencia.

Los vecinos de Villa Fiorito hoy reivindican su figura con orgullo porque el exjugador nunca renegó de sus orígenes. "Yo veía cuando el padre lo llevaba a practicar a él y a otro chico más. Era indiscutible", evoca Hugo. Enterarse de su fallecimiento en la víspera fue un golpe duro de digerir. "Pensé que era un chiste. Llamé a mi hija para preguntarle: 'Vos ves lo que estoy viendo yo' y me largué a llorar", confiesa antes de romper en sollozos. "Pensé que iba a ser eterno".



GENERACIONES MARCADAS

Con paciencia, bajo un sol que por la mañana todavía era clemente con la multitud, esperaba en la fila un joven llamado Christian Ángel Meneguetti. "Para mí Maradona es todo. Me trajo siempre alegrías", explica. "Viví momentos inolvidables con mi viejo, mi tío y mi abuela. Mi padre me contó de él cuando era joven y yo seguí su trayectoria. Luego tuve la suerte de ir a Italia y pude constatar el fanatismo del pueblo napolitano por Maradona. Lo aman igual que aquí, o más todavía".

A un kilómetro de la Casa Rosada aguardaba envuelto en una bandera argentina con su crespón negro un hombre que había permanecido sin dormir toda la noche. Tras trabajar en el ferrocarril durante la madrugada, Carlos Camarra se trasladó desde la localidad de Florencio Varela, en el sur de la provincia de Buenos Aires, hasta el centro de la capital argentina.

Hoy recuerda cuando, siendo pequeño, presenció un partido de Argentinos Juniors, el club en el que debutó Maradona con 15 años. "Yo intentaba acceder con mi papá para verlo y Maradona se dio cuenta y pidió que me dejaran pasar. 'Ese niño tiene derecho a saludarme', dijo antes de besarlo en la mejilla. Camarra no puede evitar el llanto al recordar esta anécdota.
 

Quizás este argentino fue uno de los que al final no pudo ingresar a la capilla ardiente donde se encontraba el féretro con los restos de Maradona. La policía de Buenos Aires impediría poco después el ingreso del público hacia la Avenida de Mayo que desemboca en la Casa Rosada, a unos 700 metros de la casa de Gobierno.

Los consiguientes disturbios, las balas de goma, los gases lacrimógenos y una multitud que consiguió derribar el cerco de seguridad en las inmediaciones de la sede del Ejecutivo precipitaron la suspensión del v
elatorio, por decisión de la familia de Maradona.

Desde ahora los restos del "Diez" descansan en el cementerio privado de Bella Vista, una localidad bonaerense a 58 kilómetros de la capital. Su recuerdo permanecerá en la retina y en el alma de millones de personas que fueron felices con el fútbol que exhibió y que elevó a la categoría de arte, de prodigio. Nada más puede empañar la memoria de un dios entre los mortales que se mostró como el más humano de todos.



* Artículo publicado en la agencia Sputnik el 26 de noviembre de 2020.

viernes, 29 de mayo de 2009

Nápoles

Ayer estuve en Nápoles. No tuve que salir de Buenos Aires.

Tiene lugar en estos días el XI Festival Internacional De Derechos Humanos. Las películas y documentales que se proyectarán han sido divididos por secciones tan diversas como Ambiente, Género, Migrantes, Memoria o Cárceles, y además tienen una llamada Ventana Napoli. Ayer se inauguraba con la emisión de dos documentales en el centro cultural italiano Dante Alighieri. El primero de ellos, llamado Mani di Pelle, se adentraba en las fábricas de una familia que desde hace generaciones se dedica a la creación de guantes de piel desde el primer paso de todos, que es la preparación del cuero. Fue muy curioso observar la trascendencia que sus integrantes le concedían a lo que ellos mismos consideraban no un trabajo, sino una pasión. Había una mujer ya mayor, por ejemplo, que confeccionaba guantes desde los 14 años, y que a los 64 se integró de nuevo en el taller para seguir diseñando lo que ella valoraba como arte.

Así aprendí que desde los años 20 Nápoles se convirtió en la ciudad por excelencia especializada en la elaboración de guantes, de modo que en 1940 exportaba el 90% de todos los que se vendían en todo el mundo.


Inmersos ahora en una globalización que busca lo más rápido a precio de saldo, los guantes de Nápoles no son tan famosos como en antaño, pero la proyección de este documental me hizo pensar en todos los trabajos locales que se llevan a cabo en lugares remotos y que mantienen una tradición cargada de significado a costa de enfrentarse a una industrialización desbocada en la que predomina la producción a grande escala.

La segunda película que pude ver paseaba, sin más, por distintos lugares de Nàpoles y de sus alrededores. Más que con las imágenes de un Vesubio que da la espalda a la ciudad, o de ciertas calles intrincadas que quién sabe adónde llevan, salí colmada con muchos nombres que hablan de una historia que apenas he atrapado con los dedos. Se me quedó grabada, por ejemplo, la existencia del Cementerio del Pueblo con sus 366 fosas, una por cada día de un año bisiesto. Si en un día se morían 10 personas, las enterraban todas juntas en la fosa correspondiente. Apasionante historia, ¿cierto?

Pero la parte que más ternura me provocó de este documental, llamado Queste cose visibili, fue un hombre mayor que salía al principio hablando precisamente de los cementerios. Tenía los ojos acuosos y explicaba con una voz rota por la emoción que en otro de los cementerios de Nápoles, en el Santa Maria del Pianto, estaban enterrados entre otros muchos artistas, pensadores y patriotas –esto último no lo entendí: de profesión ¿patriota?– el actor y poeta Antonio de Curtis, también conocido como Totò. Al parecer hay allí un monumento con una estatua que representa a este cómico tan famoso en Italia, y el hombre del documental decía risueño que era imposible pasar por ahí y no reírse.

El hombre también contaba a la cámara, antes de dar improvisadamente unas recetas de cocina para preparar no sé qué pasta con mejillones, que existía hace años una política por la cual los pobres podían enterrar a sus difuntos de forma gratuita. Y entonces contaba la anécdota de una familia que se acercó al cementerio para enterarse de los preliminares. Y preguntaban: ¿Cómo se prepara lo de la lápida? Y el encargado les respondía: “No se preocupen, que de eso nos encargamos nosotros”. “Pero, ¿y las flores?” seguían preguntando. “No tengan problema, que todo eso lo haremos nosotros”. Los familiares no acababan de convencerse. “Pero necesitaremos un coche para transportarlo. ¿Cómo lo hacemos?” Y el responsable acababa aproximándose a ellos para ponerles una mano en el hombro: “No tienen de qué preocuparse. Nosotros no ocupamos de todo. Ustedes sólo tienen que encargarse de llorar”.

Y el señor entrañable que contaba esto en el documental repetía con una risa nostálgica, como si se lo hubieran dicho a él: “Y eso decían: nosotros nos ocupamos de todo. Ustedes sólo tienen que encargarse de llorar”.


Recogì al vuelo, mientras duraba la película, y después en el coloquio improvisado que se formó, muchos nombres asociados a Nápoles y que requieren un conocimiento más profundo para hablar de ellos: Lombardi, los calcídicos, Plinio El Viejo, Murat, Herculano y Pompeya, el Príncipe San Severo –de él puedo decir rápidamente que es como el coco español–, la virgen de la Pudizia, el Cristo Velado, y tantos otros que no me dio tiempo a escribir.

Finalizo con una indicación del director de la primera película, que estaba presente y que explicó que Nápoles era el compendio de lo que se veía y lo que permanecía oculto. Puso un ejemplo muy simpático para ilustrarlo. “Ustedes. conocen quién es ese santo que hace el milagro de la Sangre en Nápoles?” Y la audiencia, orgullosa de mostrar su sabiduría: “San Gennaroooo”. “Estupendo”, prosiguió Antonio Caiafa. “Pero en Nápoles hay una santa que hace el milagro de la Sangre no dos veces al año, como San Gennaro, sino todos los martes. De esta santa, que trabaja mucho más que San Gennaro, y que además ayuda a las mujeres que quieren casarse, ¿saben el nombre?”. Una persona entre el público lo dijo, pero dado que era napolitano, podía haber guardado silencio para ayudar al director a crear el efecto de incertidumbre que buscaba. Explicó que era Santa Patricia, y que es una muestra de cómo Nápoles es ocultada bajo los esterotipos creados en parte por los medios de comunicación. Insistió en que dado que esta ciudad ha recibido durante su historia más de veinte influencias diversas, todavía presentes, sería muy arriesgado trazar con dos brochazos el sentido de una región de la que, como decía Borges de la Divina Comedia, no conseguiremos nunca explorarla en toda su entereza.


Yo esto todavía lo pongo en duda, pero ya llegará el tiempo de descubrirlo. Al menos este pequeño vistazo de la ciudad a través de sus documentales me ha permitido vislumbrar un universo de conocimiento que todavía se me escapa.

No habría esperado mejor manera de acercarme a Nápoles. O bueno, sí. Pero ésa ya es otra historia.

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