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domingo, 15 de diciembre de 2013

"En Argentina hay una cultura del saqueo"


El motín policial empezó en una provincia, pero se extendió como pólvora por el resto del país. Territorio de nadie convertido en tierra de saqueos: 1.900 comercios asaltados en 14 provincias, hasta 11 muertos en ciudades bajo estado de sitio, negociaciones aceleradas y psicosis colectiva sobre nuevos levantamientos.

El supermercado de la marca Chango Más fue saqueado en medio de la protesta de huelga de la policía provincial de la ciudad de Tucuman (Argentina).-

Ante el descontrol inicial que empezó a generalizarse, el Gobierno nacional enviaba de refuerzo miembros de Gendarmería y Prefectura casi con la misma velocidad con la que policías de nuevas provincias se encerraban en sus cuarteles y amenazaban con amotinarse si no eran escuchados sus reclamos salariales.

Nunca un acuartelamiento policial había tenido tanto alcance, ni un impacto de tanto calado. En la celebración de los 30 años de democracia del país, la presidenta Cristina Fernández denunciaba el pasado martes martes que si "algunas cosas pasan en determinadas fechas y con determinados protagonistas, no son por contagio, sino por planificación y ejecución quirúrgica".
León Arslanián es abogado, miembro del tribunal que en 1985 condenó a los mandos militares que lideraron la dictadura (1976-1983), y ex ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, el distrito de mayor peso demográfico y económico.

"Hay una relación entre causa y efecto entre los paros policiales y los saqueos", afirma Arslanián a Público. La institución policial se rige por un sistema federal, de modo que cada provincia tiene cierta autonomía sobre sus fuerzas. "Tenemos un mosaico de policías en el país, y el denominador común de todas ellas es una crónica insuficiencia salarial. Se ha venido consintiendo cierto criterio de autoabastecimiento, con miradas complacientes sobre la explotación del juego y la prostitución. Y así se ha venido financiando".

La institución policial todavía tiene fresca en la memoria el papel represivo que adoptó durante la dictadura, cuando ella misma organizaba latrocinios, y las comisarías eran usadas como lugares clandestinos de detención. "Esto dejó una deriva grave en el comportamiento policial que la democracia, en tres décadas, no ha terminado todavía de revertir".

La policía argentina se organiza en torno a un modelo napoleónico, de fuerte verticalismo, con un poder concentrado y macrocefálico, al punto de que llega a gestionarse en una especie de autogobierno que se va independizando del poder político. "Hoy es una gran corporación que negocia con el gobernante de turno a través de su cúpula, que es un jefe policial, y pacta ciertas condiciones por las que garantiza la gobernabilidad", revela el ex ministro. "Como contraprestación, recibe cierto grado de complacencia a la hora de hacer negocios".

Arslanián es reconocido en Argentina como el primer político que se atrevió a llevar adelante una reforma de calado en la institución policial. Ante un cuerpo que en la provincia de Buenos Aires integran 55.000 miembros, aplicó una depuración de las fuerzas y una descentralización que llevó también a eliminar la figura de jefe. Su intento de someter el poder policial al mando político fue resistido, y tras su salida del Gobierno, revertido con el paso del tiempo.

"La policía ha estado atravesada por fenómenos de corrupción de distinta intensidad, lo que relaja el mando y termina por resquebrajar la obediencia", asiente el ex funcionario. "Eso determina que la policía pueda llegar a extremos como el de dejar abandonada la calle a su propia fuerza, y hasta puede estimular el saqueo con vistas a producir mayor estrépito y destaque en lo que significa su protesta y su reclamo, para obtener rápidas respuestas de la gente del poder".

No es de extrañar, por otra parte, que estas demandas se hagan presentes en esta época del año, cuando suelen venir acompañadas por algún pedido de bono extra.

El poder de la periferia 

 

Hay algo en común que tienen las provincias sublevadas: todas ellas tienen suburbios empobrecidos alrededor de las grandes ciudades. "Da la coincidencia que los lugares donde las protestas tienen mayor intensidad son aquellas en las que hay un gran alrededor y una policía más significativa numéricamente", añade Arslanián. "Es aquí donde la policía tiene a su favor que la protesta se potencia frente a la acción de saqueo por parte de gente que vive en sectores destruidos o en condiciones precarias, que son los que protagonizan los episodios en términos generales".
Las soluciones que los gobernadores de cada provincia han pactado a toda prisa para las rebeliones policiales no garantizan tranquilidad a largo plazo, pues se han establecido aumentos de salarios que llegan a diferir entre sí un 50%. El Gobierno, entre tanto, ha dado asistencia a quien la ha pedido tratando de sofocar las situaciones de mayor peligro y violencia, sin incidir en otras iniciativas como lo sería un consejo de seguridad interior que elabore criterios para resolver estos casos, a juicio de Arslanián.

El ex camarista y funcionario propone a su vez la sindicalización de la policía, lo que abriría un cauce de atención y discusión sobre las demandas policiales. "Es un problema que el jefe policial tenga la interlocución gremial frente al poder político, porque él de ninguna manera es el interlocutor válido para transmitir demandas de abajo hacia arriba", razona. "Las demandas se quedan abajo y se horizontalizan, y el jefe no tiene actitud para negociar condiciones de trabajo, de salud, o remodelaciones sociales.

Este modelo en crisis que cruje determina un desbande y una ruptura del verticalismo entendido así".

Conciencia de transgresión

 

Fue en la ciudad de Córdoba (centro del país) en donde se desató el primer acuartelamiento policial entre el 3 y el 4 de diciembre. El festivo administrativo precipitado por el Gobierno confirmó lo que ya era una ciudad desierta, con grupos organizados y otros tantos improvisados que salieron a desvalijar lo que encontraran.

Una semana después, la misma policía ha detenido a unas 200 personas en 600 allanamientos. "Cuando se garantiza la impunidad, aflora lo peor de cada cual", afirma Arslanián. "Esto es favorecido por la circunstancia de una suerte de cultura del saqueo".

El interior del país arrastra un subdesarrollo que origina corrientes de migraciones internas atraídas por el magnetismo de las ciudades. El trabajo informal, del orden del 40 -50 %, según el ex ministro, prolifera. Y los procesos de urbanización terminan colapsando por la falta de suelo y vivienda. "Hay fenómenos de inequidad social que generan un grado de conflictividad y que terminan generalizándose. Esto coincide con una enorme oferta de bienes y un estímulo enorme de consumo que tiende a despertar necesidades en sectores significativos de la comunidad", apunta el abogado.

Si a ello se le suma un verticalismo en crisis, se entiende por qué los fenómenos de corrupción ponen en crisis la relación entre mando y obediencia. "Los saqueos durante la crisis de 2001 derivaron en un estallido social y en el fin del Gobierno de Fernando de la Rúa", finaliza Arslanián. "Por el mismo motivo por el que fue tuvimos una dictadura sangrienta y se consintió una ilegalidad sin parangón en el Cono Sur, acá no hay consciencia sobre la importancia del cumplimiento de la ley. Al contrario, hay una conciencia disidente sobre el respeto al orden jurídico, y por eso pagamos la consecuencias y los naturalizamos como fenómenos".

sábado, 21 de febrero de 2009

Cerco a los migrantes

El poder de los medios de comunicación, una vez más, hace que se reacomoden los políticos ante la foto, se ajusten la corbata, se atusen la barba, y se observen de reojo por si hay algo fuera de lugar. En este caso se han removido de sus asientos los sindicatos del Cuerpo Nacional de Policía, que depende del Ministerio del Interior. Podrían hacerlo cuantas veces quisieran si no estuviera la prensa para tomar nota y difundir la buena nueva. Dado que una nota interna que nunca debía haber visto la luz ha acabado hasta en los telediarios, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, reacciona. Pero sólo entonces.

Esta historia no comenzó este luines , cuando una nota interna destinada a la Policía de Villa Vallecas fue filtrada a la prensa. Hace casi un mes --el 23 de enero-- que los sindicatos policiales emitieron una queja a la Comisión del Interior del Congreso. O sea, que la Cámara Baja ya conocía el malestar de la Confederación Española de Policía, por ejemplo, desde la que se declaró: “El cerco sobre la inmigración ilegal se está realizando en virtud de indicaciones de la Administración según les viene mejor o peor llenar los aviones, cuando en 2005 se promovía el papeles para todos”.

Esto queda reflejado en la orden a la comisaría de Villa Vallecas que esta semana ha saltado a las páginas de los periódicos. En ella se indicaba el número de extranjeros en situación irregular que deben ser detenidos cada semana. En el caso de Villa Vallecas, 35. “Si no los hay, se va a buscarlos fuera del distrito”, establecen las órdenes, que provienen de una reunión celebrada en la Jefatura Superior de Policía de noviembre de 2008.

La nota también recomendaba detener según nacionalidades. "Marruecos, prioritario (Se expulsan porque la mayoría del traslado se hace por carretera y se documentan bien. Bolivia, no se expulsan en la actualidad. Capacidad de plazas en vuelo, limitadas)”.

A medida que pasaba el tiempo, se caldeaban los ánimos. El portavoz de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), Mauricio Valiente, denunciaba que no sólo habían percibido un aumento de las redadas, sino que se procedía a identificar y detener a los padres extranjeros que acudían a buscar a sus hijos al colegio.

El ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que venía mordiéndose los labios al menos desde el 23 de enero, se vio obligado a salir en televisión, con beneplácito de TVE y aquiescencia de las privadas: “Nuestra prioridad en relación a los inmigrantes ilegales es detener aquellos vinculados a actividades delictivas”. Además de negar las detenciones en colegios y evitar preguntas incómodas, se atrevió a hablar de este modo. Es una lástima que nadie osara corregir al lenguaraz. Porque el ministro del Interior debería ser más cuidadoso con el lenguaje y no hablar de inmigrantes ilegales, que no es sólo un término peyorativo sino además incorrecto. Una persona no puede ser de por sí ilegal, y un migrante tampoco. En todo caso, su situación será irregular, y esto ni siquiera es un delito, sino una infracción administrativa.

En cualquier caso, tanto alboroto ha tenido sus frutos, al menos en lo que a lavado de imagen se refiere. El mismo día en que todo esto ocurría, el Ministerio del Interior emitió una instrucción para que la Policía detenga no para cumplir con determinado número de detenciones, sino que los arrestos deben limitarse a “objetivos cualitativos, [ojo a la cosificación de quien se habla] atendiendo prioritariamente a la problemática delincuencial”. Queda por saber si los policías podrán explorar otros distritos en busca de nuevos desemparados a los que repatriar.

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